17/9/09

Y por fin he podido ver las estrellas...

Mi vida mexicana sigue más o menos igual, sin sobresaltos. Excursiones varias al DF, vida universitaria, reencuentros con amigos que no sé ni cuándo ni dónde los volveré a ver...Poco a poco me voy adaptando mejor a esta (breve) etapa. Voy conociendo a más gente, y se afianza en mi cabeza el pensamiento, idea, sentimiento...de que los mexicanos son gente de una amabilidad infinita. Hace dos días pude comprobarlo. Con motivo del grito que el presidente iba a lanzar desde el balcón del Palacio Nacional, me dirigí el martes por la tarde a Ciudad de México.



No llegué a ver el grito en si (una lástima, ya que era mi objetivo principal), pero luego, en compañía de nuestros cicerones en la gran ciudad, nos dirigimos a una fiesta mexicana. En mi cabeza estaba la típica fiesta, de gente en un piso bailando y bebiendo. La fiesta en cuestión resultó ser una fiesta mexicana "familiar". Mi cara al entrar debió de ser un poema, y creo que por la cabeza de todos pasó el mismo pensamiento: "Locurón". Sin embargo, no pude sentirme más cómodo y a gusto. Y es que es por eso. Los mexicanos hacen lo posible porque te sientas cómodo sin casi darte cuenta. Risas, chistes, gritos (esta vez sí) de viva México...



Lo mismo pasó cuando fuimos de excursión al volcán del Nevado. Como disponíamos de un coche de alquiler, decidimos ir al pueblecito de Malinalco. Un cartel llamó nuestra atención: Degustación de tequila. No necesitábamos más. Ya dentro de la tienda, fue algo muy parecido a sentirte como en casa, como con gente que conoces de hace tiempo y que en realidad has conocido hace cinco minutos. Incluso Miguel (un hombre que nos deleitó con sus habilidades con el alemán y el japonés) nos ofreció quedarnos en su casa si hacíamos bola (por lo que me pareció entender, creo que era apretarnos todos mucho ya que su casa estaba ocupada en ese momento). Pero el ofrecimiento estuvo ahí. Después de degustar unos tequilas caseros mezclados con lima y con mango, uno de ellos nos abrió de propio su galería de arte. Mi cabeza estaba volando por decirlo así. A la grandeza del volcán, la sensación de aire puro y las nubes rodeándote a casi tres mil metros de altura, se sumaba la amabilidad de la gente que acabábamos de conocer y unas obras de arte preciosas. Fue el broche perfecto. Esta tierra me está enamorando poco a poco, y cada día más.



Y hoy, volviendo a casa, tras una gran tarde de risas con Julio, Checo, Larisa, Jorge y más, me ha sorprendido que no ha llovido en todo el día. Entonces, es cuando he alzado los ojos al cielo, y sí, ahí estaban. Brillando como nunca había podido verlas. La última vez que se ma presentaron así fue en España. Hoy, he podido ver las estrellas brillar en Toluca. Y siguen igual de bonitas que como las recordaba.