10/5/10

La atracción de lo inalcanzable

Camino atravesando edificios sin red. Estiro la mano para hacerles cosquillas a las nubes. Miro hacia abajo. Nada me impide saltar. Respiro profundamente. Una vez. Dos. Tres. Y me lanzo al vacio. Ha llegado el momento de volar, de liberarme de todas las ataduras que siento sobre mí.

Ya son demasiados años bajo la protección de demasiada gente. Quiero ser el dueño de mis propios errores, de sus consecuencias. No tener ningún colchón sobre el que caer. En ocasiones siento que me gustaría romper con todo, agarrar una mochila y salir, ver hasta donde soy capaz de llegar, qué soy capaz de conseguir.

Sueños en Buenos Aires, Nueva York, Santiago, México… Demasiado inalcanzables pero no imposibles. Lo inalcanzable me resulta a la vez tremendamente atractivo.

5/4/10

Los besos de después del último beso


Me sorprendió que alguien me levantara el brazo en una calle tan escondida, solitaria y oscura como esa. Pese al gramaje de la noche distinguí a lo lejos su intención de usarme. Era una pareja joven, él con una bolsa de viaje a sus pies.

Al detenerme a su lado se abrazaron y comenzaron a besarse. Sin duda era un beso de despedida, de esos que dicen te vas pero no quiero, o quisiera quedarme siempre, pero no puedo. Beso sentido de lenguas que querrían convertirse en ganchos, o sus salivas en Super Glue, o sus brazos en bridas.

Quince ya-te-echo-de-menos después se separaron, pero yo tampoco quería que se acabara ese momento. Por eso, cuando él ya se disponía a abrir la puerta trasera de mi taxi, aceleré.

A través del espejo les noté sorprendidos. Se encogieron de brazos pero al instante volvieron a abrazarse. Mi intención no era otra que dar la vuelta a la manzana y darles más tiempo. Los mejores besos son los que llegan después del último beso.

Y volvió a repetirse la misma historia. Otra vez aparecí por su calle y otra vez me levantaron la mano. En esta ocasión les sorprendió que se tratara del mismo taxi conducido por el mismo taxista que antes se había marchado, pero la rareza de la situación tampoco les impidió despedirse por segunda vez aún con más virulencia que la primera. Y cuando el chico volvió a separarse de ella para abrir la puerta de mi taxi siguió sabiéndome a poco y aceleré de nuevo.

En mi cuarta vuelta a la manzana el chico ya estaba sólo. Entonces me detuve, abrió su puerta, tomó asiento (ahora sí) tras su bolsa de viaje y me dijo:

- Le agradezco de veras los bonus tracks que me ha brindado. Al aeropuerto, por favor.


13/3/10

9:00 de la noche. Yo me encontraba en el andén del metro, otro sábado más esperando el tren de vuelta a casa. En el de enfrente, una chica joven esperaba sentada en un banco. Estaba claro que esperaba a alguien. No paraba de mirar su reloj, y cada dos minutos dirigía su mirada hacia las vías del metro, hacia un vacío absoluto, donde los raíles parecían ir hacia un infinito que la vista no alcanza a ver.
Tras muchas miradas, sacó un libro de su bolso. No alcancé a ver cual era, pero creo que a la chica le daba igual. Bien podría haber sido el último best-seller, el catálogo de Ikea o un folleto de unos grandes almacenes. Está claro que si apartas tu mirada del libro cada minuto, es imposible leer nada. Así que me dio por pensar que era un mero artilugio para llamar la atención de la persona a la que esperaba. "¿Llevas mucho rato esperando?", diría él (podía perfectamente ser una amiga suya, pero no sé, estaba demasiado activa como para esperar a una amiga). "No no, que va. Además estaba leyendo". Y ella enseñaría su libro para tratar de llamar la atención de su "cita".
El tren llegó. Mientras frenaba, a través de las ventanas, pude ver cómo la joven sacaba el móvil de su bolso. Una conversación breve, muy breve. Dos movimientos de cabeza. Cerró el libro. Lo metió en el bolso y acto seguido se levantó y se marchó. Mi tren se puso en marcha. La chica fue hacia las escaleras de salida. Me dio la sensación de que los dos pasaríamos la noche solos.

9/3/10

Cansancio. Tedio. Nubes. El viento en mi contra. Oscuridad. Y todo te da igual. Todo te resbala. Buscas unas palabras que no llegan. Algo que te reconforte. Pero es imposible. Hay momentos que ninguna palabra puede mejorar. Incluso pueden empeorarlos. Silencio. Tal vez esa sea la solución


21/2/10

La inevitable caída en el olvido

Las personas olvidamos. Y a la vez somos olvidadas. Muchas veces porque nos lo ganamos, otras por necesidad, otras por un simple descuido... Lo jodido es cuando olvidas sin poder hacer nada para remediarlo. Por circunstancias de la vida, llega un momento en que tanto para ti como para otras personas cambia lo que suponían para ti o lo que tu significas para ellas, y poco a poco, por descuido, por no querer evitarlo, por lo que sea, pasas a un rincón oscuro. Lo bueno es que un simple gesto te devuelve a ti o al resto a la luz donde siempre habías estado.
Como decía antes, lo peor es cuando no puedes estirar el brazo para volver a traer a esas personas hacia ti. Cuando lo único que pasa es que poco a poco, de una manera lenta, todos los recuerdos que tenías en la cabeza sobre alguien se borran hasta llegar al punto de no reconocer a quién tienes delante de ti. Lo más jodido todavía es que no eres consciente de ello, quien realmente se da cuenta de ello son los olvidados, y además de darse cuenta, lo sufren muchísimo.
Recuerdos de miles de veranos en el pueblo, en la viña recogiendo uva o moras en el camino hacia el huerto para recoger verduras o regar. Recuerdos de navidades cantando villancicos, de cumpleaños, de paseos por el parque, de sobremesas tras el melocotón con vino, de esa tarta de crema de café...
Poco a poco pasan a formar parte de una nada, de un limbo, de un pozo del que sabes que esa persona no va a poder recuperar, porque ni siquiera es consciente de que se encuentran allí. Así que si tenéis la oportunidad, no olvidéis.

12/2/10

Hay que alegrarse por el bien de los demás

Paseaba por la calle. Una madre llevaba a su niña en brazos. La cara de la niña se veía triste y con los ojos rojos, así que debía de haber llorado hace poco. Las dos pasaron por delante de mí, y alcancé a oír lo siguiente: "Marta, tienes que alegrarte por el bien de los demás". La niña no debía de tener más de cuatro años, pero estaba recibiendo una sabía lección.

Alegrarnos por el bien de los demás, algo que deberíamos hacer más a menudo, pero nuestra naturaleza egoísta nos lo impide. Por A, B o C, siempre vamos a tener "celos" de aquel que tenga más nota que nosotros en un examen, que consiga un trabajo mejor que el nuestro, que su vida le vaya mejor, que...

Y es una lastima. Porque considero que siempre es mejor estar contento y alegre por alguien cercano a ti, en lugar de que te venga un sentimiento de envidia. Creo que en muchas ocasiones, nuestra madre tendría que cogernos en brazos (o de la mano en su defecto porque yo por lo menos ya estoy algo crecidito), mirarte a los ojos y decir: "Hijo mío, tienes que alegrarte por el bien de los demás". Seguro que así viviríamos más felices.


31/1/10

¿Sólo una?

Cines Lys, Valencia, sobre las diez y cinco de la noche. Era sábado y mi plan era ir al cine a ver el nuevo estreno de Clint Eastwood (me decepcionó un poco, hay momentos en que logra conmoverte, pero se queda lejos de Gran Torino o Million Dollar Baby, por lo menos para mí). Volviendo a la taquilla, con el dinero ya preparado, pido mi entrada. "¿Sólo una?" responde la taquillera. "Sí" digo yo. En ese momento no le di vueltas a esa pregunta tan breve como sencilla.

Pero al regresar a casa pasada ya la medianoche, no paré de darle vueltas. ¿Es que una persona no puede ir sola un sábado por la noche al cine? De acuerdo que a veces es mejor ir acompañado de tus amigos, esa persona especial, quien sea. ¿Pero por qué a veces a mucha gente le resulta extraño que hagas según que cosas solo? Como por ejemplo ir a cenar a un restaurante un fin de semana solo. Seguro que a los camareros les extraña esto, y quien lo haga recibirá muchas miradas curiosas e hipótesis sobre porqué está solo un fin de semana por la noche en un restaurante.

La compañía siempre es buena, y necesaria en muchos momentos. Sin embargo, gracias a mi estancia en México, he aprendido a vivir con una jodida compañera de camino llamada soledad. Aunque no la queramos a nuestro lado, aunque hagamos lo posible por evitarlo, muchas veces irá a nuestro lado. Pero gracias a una voz, aprendí a vivir con ella. "El adaptarte a esto te hará más fuerte" decía esa voz. "Aprenderás a conocerte mejor, a conocer tus debilidades y fortalezas" me repetía. Y esa voz, tan lejana y a la vez tan cercana, tenía razón.

Esta semana por ejemplo regresé a Valencia. Ha sido inevitable sentirme desubicado y fuera de lugar tras mi aventura transoceánica. Además, mucha de la gente que es muy necesaria para mi, ya no se encuentra aquí, está lejos. Así que muchas veces la soledad está sentada al lado mío en un banco, viajando conmigo en el metro, cenando conmigo en casa o viendo una película. Sin hacer ruido, sin molestar, pero su presencia no pasa desapercibida. Sin embargo, gracias a esa voz, he aprendido a no dejar que sea una compañía molesta. Tampoco agradable, simplemente aprender a dejar pasar el tiempo cuando esté a mi lado.

PD 1:Hablando de México, poco a poco iré actualizando el blog con un pequeño diario de viaje que hice.

PD 2: Esta semana he vuelto a ver Amélie. Es una de esas películas que nunca dejarán de emocionarme. Tal vez por eso me lo pienso dos veces siempre que voy a verla