1/6/09

Las palabras se las lleva el viento


El otro día en la biblioteca, en un de mis momentos de estudio, me quedé con una frase de una canción que estaba escuchando: Las palabras que no existen, nos pueden salvar sin hablar. Y es que en muchas ocasiones las palabras están de más. Nos gusta perdernos en su belleza, nos gusta recordar las palabras bonitas y olvidar cuanto antes las malas, las que nos hieren. Justamente con éstas, es cuando me doy cuenta que las palabras son eso, palabras, y que como dice el titulo, se las lleva el viento. Quién las utiliza sabe de su poder. Son como pequeñas hechiceras, que se disfrazan para seducirnos, y en el momento menos esperado, deciden quitarse ese disfraz e irse. Por eso merece más la pena agarrarse a los hechos, a los actos. Analizándolo, la superficialidad de las palabras queda patente en el momento en que dos personas se entienden sin ni siquiera hablar. ¿Para qué hablar entonces?. Un simple abrazo, coger la mano de alguien, acariciar una cara, pasar tu mano por el brazo de otra persona, incluso una simple mirada...Todo esto dice mucho más que todas las palabras del mundo.

25/5/09

Retorno en una caja de zapatos


No sé como se había levantado el mundo, pero algo raro pasaba. Me sentía como Gulliver durante su viaje por Liliput. Menos mal que tras recobrar el sentido, me di cuenta que estaba en el autobús de vuelta a casa para un fin de semana express. Eso si, el resto del camino debía hacerlo sin noticias del mundo exterior. En un abrir y cerrar de ojos, alguien decidió que el recinto del autobús se convertiría en una comuna y todo sería de todos (tal vez no todo, únicamente mi periódico, pero mio al fin y al cabo) ¿Qué le costaba pedírmelo? Pero bueno, no pasa nada. Un gran (y breve) fin de semana me esperaba.
Sin embargo, el mundo seguía moviéndose a su antojo. ¡Mi madre no había hecho sus macarrones! Vale, tampoco pasa nada. Tenía antojo, tanto tiempo, pero bueno, iba a ser un buen fin de semana. Antes tocaba algo de estudio, porque los exámenes están al acecho, como las leonas tras la gacela. Vale sí, si un examen te sale mal no acabas en la barriga de alguien (aunque se de algún profesor que disfrutaría merendándose a más de uno) pero el miedo que da también es mucho.
Y ya por fin llega la noche. Una noche como las de antes, empezándola y terminándola como antes. Con historias que nunca me cansaré de escuchar, sitios que nunca me cansaré de visitar, taxis que nunca me cansaría de coger...Tenía muchas esperanzas puestas en este día, y no me defraudó. ¿Y por qué tantas ganas? Porque en dos meses, voy a tener la ausencia de esto y quise exprimir cada gota. Hay momentos que piensas: "¿Por qué no puede todo seguir como siempre?", pero inmediatamente (al menos en mi caso) la respuesta aparece por si sola: me encanta que el mundo se mueva a su antojo. De acuerdo que muchas veces, cuando las cosas escapan a tu control es cuando prefieres que todo se quede como está. O simplemente por el mero hecho de que sencillamente todo te gusta donde está. Pero el enfrentarte a las novedades y disfrutar (y aprender) de ellas, también es una grata sensación. Así que este fin de semana me vino muy bien para empezar a cargar las pilas de todo lo que echaré de menos.
Tras disfrutar de todos y cada uno de esos momentos, volví a coger de nuevo una caja de zapatos y me puse otra vez en el camino que el mundo mueve a su antojo, un camino en el que disfrutaré de todas las extrañas y curiosas coincidencias que se me pongan por delante.

10/5/09

El niño y los dientes de león


Ismael era un niño joven, muy joven. De sonrisa tierna y a la vez traviesa, pelo color castaño como los arboles que rodeaban su casa y ojos color tostado como las espigas de maíz que crecían en los campos que miraba hipnotizado a través de su ventana. Acababa de cumplir 5 años, y vivía muy feliz en las montañas. Su diversión favorita era correr entre los numerosos campos de dientes de león que crecían a los pies de su casa. Se quedaba fascinado viendo como las flores salían volando a su paso. Corría hasta que no podía más y caía al suelo. Se quedaba mirando al cielo que se alzaba majestuoso sobre él. Mientras estaba tumbado, se dedicaba a observar las formas de las nubes que pasaban por encima de él. Cuando se recuperaba, volvía a ponerse en pie y continuaba corriendo. En ocasiones, simplemente se sentaba entre las flores, las cogía entre sus manos y soplaba. Y seguía con sus ojos a las flores volando, hasta que las perdía de vista. Ismael fantaseaba sobre adonde irían a parar esos dientes de león. "¿Irán a una ciudad?" "¿Si es así, se parará la gente a mirar como vuelan igual que hago yo?" Y así pasaba sus tardes de verano el pequeño Ismael...

23/4/09

De cómo la Luna y la Tierra se conocieron


Hace miles, millones de años, la Luna recorría el espacio infinito en busca de alguien que le hiciese compañía. Hasta ahora no había tenido suerte, y es que era demasiado presumida, y necesitaba ser alabada constantemente porque se consideraba demasiado bella. Sin embargo, llegaba un momento en que tenía que partir de donde se encontraba, ya que nadie podía soportar tanta vanidad. Cuando tuvo que marcharse de su último lugar le dieron el siguiente aviso: "Ten cuidado, porque el siguiente planeta que encuentres, será el último que conocerás, así que elígelo bien".
En la inmensidad del espacio, dio con una galaxia que le llamó la atención, ya que contaba con numerosos planetas de los que podría hacerse amiga. Comenzó por uno llamado Plutón, pero lo desechó por ser mucho más pequeño que ella. Decidió dirigirse entonces a los dos más grandes que vio. Saturno la despreció: "Tu belleza no tiene nada que hacer contra mis anillos, son famosos en el universo entero, y no puedes hacer nada por superarlos". Júpiter por su parte, no pudo evitar reírse de ella: "¿No te das cuenta de tu tamaño? Eres tan diminuta que nadie se daría cuenta de que existes a mi lado".
Con su orgullo herido, la Luna encontró un hermoso planeta, color zafiro y esmeralda. "Ese de ahí será mi amigo". La Luna se presentó: "Hola, soy la Luna, ¿quién eres tú?". "Yo soy la Tierra, pero tengo un problema. La gente que vive sobre mi necesita de alguien que le proteja en la noche, al igual que mi amigo Sol lo hace durante el día". "Hagamos una cosa- dijo la Luna-. Yo me quedaré contigo. Vigilaré a tu gente por las noches mostrándome con toda mi belleza y a cambio conseguiré la atención que necesito debido a mi vanidad. Sin embargo, para que mi soberbia no me devore y haga que nuestra amistad termine, ciertos días mostraré mi lado más feo para que de esta manera pueda permanecer a tu lado eternamente".
Y así fue como la Luna y la Tierra se conocieron...

3/3/09

Los andróginos


En la antigüedad existían tres tipos de hombres: los hombres, las mujeres y los andróginos. Éstos últimos estaban formados por el sexo femenino y el masculino, en un mismo cuerpo esférico. Eran la perfección, y ellos se sabían conocedores de esa perfección, y por lo tanto, al ser perfectos, se consideraban dioses. Decidieron entrar en combate con los dioses del Olimpo. Ante esto, Zeus tomó la decisión de dividirles por la mitad. A partir de entonces, los seres andróginos dejaron de ser perfectos, y después de tanto tiempo habiendo sido uno, no podían soportar vivir separados. Así pues, cuando una mitad encontraba a su otra mitad, se abrazaban para volver a ser uno, y ante el miedo de volver a separarse, permanecían abrazados por siempre, muriendo finalmente de hambre.

Así se explica en un libro de Platón el mito del amor, cómo una persona necesita a otra a su lado para vivir. Y en parte, hoy día, a pesar del mundo acelerado y globalizado en el que vivimos, una parte de esto se sigue conservando. Todo el mundo necesita a su otra mitad, necesita sentirse uno, y ya sea voluntaria o involuntariamente, utiliza mucho de su tiempo en encontrarla. Y es que la antigüedad nos puede servir de mucho en el mundo loco en el que vivimos.

18/1/09

Hacía frío. Una chaqueta no era suficiente, así que cogí la manta azul y me tapé con ella. En la tele sonaban las notas de un acordeón. Era tarde ya, pero no era el momento de parar la película. Era demasiado bonita como para pararla e irme a dormir. Una sensación de alegría, melancolía... puede que ambas, se apoderaron de mi. Tuve ganas de llorar, no se porqué. No lo hice. Pero esa sensación, la de que una película te remueva por dentro de tal manera, llevarte hasta el punto de que las lágrimas se alojen en tus ojos sin llegar a salir, solo por eso, tenía que verla otra vez...

9/1/09

De estaciones, aeropuertos y demás...


Nos cogemos de la mano. Las escaleras mecánicas subiendo y bajado sin parar. Altavoces sonando. La gente de un lado a otro, y nosotros en medio, como si todo ese caos no fuese con nosotros. Nos abrazamos, unas palabras al oído y un beso. Ojalá fuese el día que llegaste, pero es el día en el que te tienes que ir. Odio las despedidas, ojalá pudiese saltármelas y plantarme en el siguiente "¡Hola! ¿Qué tal te ha ido el viaje?". Pero es inevitable, tengo que pasar por ello. Nos separamos, es hora de que te vayas. Prometo acostumbrarme a las despedidas. Prometo que me veas sonreír como sonrío cuando te veo llegar.